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 Bienvenida a Inglaterra, lady Pávlov. {Libre}

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AutorMensaje
Anastasía L. Pávlov

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Mensajes : 43
Fecha de inscripción : 12/08/2010

MensajeTema: Bienvenida a Inglaterra, lady Pávlov. {Libre}   Vie Ago 13, 2010 5:37 pm

Buenos días mundo cruel. Ese era el bonito despertar de la concubina favorita del Rey de España. Ella, que acostumbraba a sentirse letal ante los ojos que se atrevieran a mirarla más allá. Sus pies habían bajado de la cama y se habían depositado en el hierto suelo mientras repasaban suavemente la superficie en busca del espejo que desvelaría su aspecto en unos instantes. Echó su cabellera color otoño hacia atrás y frunció el ceño de camino al vestidor. Iba a salir. Hacía días ya que Londres la llamaba como llama el amo a su perro. Hacía tiempo que el sol deseaba ver deslumbrar su belleza por las largas calles donde la gente se amontonaba sin más. Hacía tiempo, hacía ya. Se miró de nuevo admirándose como ninguna otra mujer se atrevía ha hacerlo y se giró hacia su cama donde aquella noche ya no había nadie. Se había sonreído por dentro y había decidido volver al vestidor en busca de algo bonito para aquella mañana invernal. Se decantó pues por algo azul que complementara con la nieve blanca y con el frío que acechaba. Una capa cubrió sus hombros justo antes de salir a deleitarse con la imagen de lo no visto y el olor de lo nunca sentido. Se peinó dejando al vuelo su cabellera otoñal porque de su cuerpo era lo que más había amado y amaría y se miró de nuevo colocándose unos pendientes obsequio del mismísimo Carlos V. Ella era su fiel servidora, él sabía recompensarla por ello y jamás había sido una más.

Bajó las escaleras de dos en dos subiendo su vestido para no tropezar y dejó minutos más tarde que el frío viento glacial chocara contra sus pómulos rosandolos levemente. Sonrió. Iba deicida a explorar, a nada más que a eso. Dejó que sus pies bajaran hasta las calles de aquella ciudad que se había dicho de esplendorosa y emocionante y que a simple vista era común y poco representativa. Se había tomado la libertad de conseguir un par de manzanas para disfrutar e aquel paseo que prometía ser embellecedor y que, por lo que había visto hasta ahora, se quedaba en común. La manzana fue mordida por sus dientes dejando su sabor, bastante dulce a decir verdad, perdiéndose en el paladar de la concubina. Sus ojos se clavaron entonces en una silueta que parecía observarla. La rusa dio un par de pasos hacia atrás en búsqueda de la mirada desconocida para ella y se dio cuenta de que esta brillaba algo de lascivia. La muchacha frunció el ceño y dedicó una mueca de asco al hombre que se lo tomó como un como un rechazo y que se alejó sin más para la suerte de la pelirroja. Así, Anastasía intentó disfrutar de lo que era la ciudad majestual de la que le habían hablado quedándose con la imagen de un pervertido y poco más digno de su atención.
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