Los Tudor

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 Jugando a desaparecer {Papá / Enrique}

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AutorMensaje
María Tudor
Princesa
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Mensajes : 38
Fecha de inscripción : 03/08/2010

MensajeTema: Jugando a desaparecer {Papá / Enrique}   Miér Ago 04, 2010 2:59 pm

-Señorita María… – oí como mi dama me llamaba con una voz suave. Pero yo no hice caso, y seguí escondida debajo de la mesa. El mantel que la cubría, me cubría también a mi, y eso hacía que mi menudo cuerpo desapareciera por completo tras el. Me encogí, y abracé mis piernas con los brazos, apoyando mi mentón en ellas. Una sonrisa traviesa adornaba mi carita de niña buena. Aunque con el mismo toque travieso que había heredado de mi padre. El Rey de Inglaterra. - ¿Dónde se encuentra la más bella de las princesas? – otra vez la voz de Helena. Reprimí una risita, tapándome la boca con las dos manos. Allí no me iba a encontrar. Seguro que no. Era un buen escondite. Aunque no estaba en lo cierto. Vi como se acercaba peligrosamente a donde yo estaba escondida. Aguanté la respiración. Pero al poco rato se me escapó una sonidito venido de mi garganta, y eso me delató. Entonces fue cuando Lady Helena levantó el mantel y se agachó, mirándome fijamente con sus ojos oscuros, aunque vivos. Sonrió ampliamente y alargó una mano hacía mi para cogerme supuestamente. Pero yo fui rápida y salí corriendo a gatas primeramente, de debajo de la mesa, y después comencé a correr de nuevo. Esta vez dirección a los jardines del castillo.

-¡Señorita María! – exclamó mi dama cuando vio que yo me había vuelto a escapar. En realidad no estaba jugando del todo. Quería desaparecer. E iba enserio. Por eso me escondía de mis damas, y de todo el mundo en general en esos momentos. Corrí y corrí, y al final llegué a los jardines de palacio. Sonreí al ver lo majestuoso que era, y caminé entre árboles, arbustos, y demás. Nunca había estado allí sola antes. Siempre salía acompañada por alguien. Pero aquella vez fue diferente. Llegué a un sitio donde había unos cuantos bancos, y en el centro un redondel con bastantes flores plantadas en el suelo. Me senté en uno de los bancos de piedra. No me llegaban los pies al suelo, y comencé a mover las piernas hacía atrás y hacía adelante distraídamente.
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Enrique VIII
Rey
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Mensajes : 188
Fecha de inscripción : 24/07/2010
Localización : Londres, Inglaterra.

MensajeTema: Re: Jugando a desaparecer {Papá / Enrique}   Miér Ago 04, 2010 5:43 pm

La vida de un rey era de lo más compleja; si bien podía poseer todo aquello que él quisiera y cuando lo quisiera por la gracia de Dios que, al joven Enrique se le había sido encomendada, habían deseos que por el momento no podían cumplirse por más que lo deseara. Su índole hacia los demás jamás había sido la mejor y, a día de hoy, no hacía más que empeorar inecesantemente. Las malas noticias se aglomeraban cual peso muerto tras su espalda, una sensación de pesadez le agarrotaba los músculos del cuerpo y por ende, su fuerza interior inquebrantable que había mostrado en todas las eventualidades que había tenido que afrontar durante todo su reinado, empezaban a flaquear.

Había pasado prácticamente toda la mañana con el cardenal Wolsey en el jardín, discutiendo la posibilidad de un futuro divorcio con su esposa Catalina. Para él aquel matrimonio siempre había sido una completa farsa, un pecado que, por desgracia, le había acarreado la imposibilidad de tener un hijo varón. Pero, además de matarle su conciencia y tener que seguir –por el momento– viviendo con ello, el problema principal se centraba en la repentina visita y alianza con el Emperador Carlos V. Estúpido engreído... ¿Cómo iba a arreglar ésta situación ahora? El Papa no le daría el divorcio tan pronto, y Ana, su amada, estaría de nuevo relegada. El joven temía que se exaltara y que todo lo que tenía con ella se fuera por la borda, como casi había ocurrido cuando le propuso de todo corazón que se convirtiese en su amante oficial.

El joven rey pensaba que todo había sido una confabulación apoyada por Catalina para desbancar a Ana y quitarla de su lado. Y, pese a comunicarle a Catalina con insistencia que su matrimonio estaba prácticamente desmantelado, legalmente ella seguía siendo su esposa. Actualmente una guerra con la poderosa España no les convendría en absoluto. Respiró hondo para empaparse de paciencia y se acomodó en el Trono, donde tenía que recibir a su hermana después de la fortuita pérdida de su marido. Pero la conversación tomó un rumbo inesperado, sacando a relucir su matrimonio –del cual él no había estado enterado– con Charles, el que siempre había sido su más leal y fiel amigo. Estalló en cólera y, después de repudiar a su hermana de la peor forma echándola a ella y a su "esposo" de la Corte, se encaminó directamente hacia el jardín –mientras todos sus séquitos que se encontraba por el camino le veneraban–.

Estaba enterado del alboroto que había causado su hija al esconderse y evadirse contínuamente de lady Helena y todas sus damas personales. Y allí, sentada en uno de los tantos bancos de piedra que poseía el jardín en toda su extensión, se encontraba María. El tiempo que pasaba con su hija era escaso con todos los asuntos que tenía que resolver. Sin embargo, ahora, era lo que le lograría distraerle aunque fuese mínimamente: pasar unos minutos con su hija. Estaba concentrada observando como sus pequeños pies no lograban tocar el suelo, así que, aprovechando la distracción de la niña, se acercó hasta a ella con un par de suaves pasos. – Mi pequeña princesa... –Se inclinó haciéndole una reverencia, y alzó el rostro con apenas una justa sonrisa. El rey se enderezó de nuevo y le echó rápidamente una mirada recriminatoria de padre a hija. – Lady Helena me ha comunicado que no os encontraba por ninguna parte. El jardín era el lugar menos pensado en donde creía que terminaríais. –Le inculcó, sentándose respectivamente a su lado. El padre le indicó con la mano que se sentara en su regazo, con un simple toque en la rodilla. – ¿Acaso os resulta divertida esta situación, María? Debeis comportaros como una verdadera princesa. –Le aseveró, haciendo amagado de una ligera sonrisa que tarde o temprano aparecería al ver el rostro de su pequeña.

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María Tudor
Princesa
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Mensajes : 38
Fecha de inscripción : 03/08/2010

MensajeTema: Re: Jugando a desaparecer {Papá / Enrique}   Miér Ago 04, 2010 6:36 pm

Sabía perfectamente que si mamá o papá se enteraban de lo que había sucedido conmigo y las damas, me iba a llevar una buena reprimenda. Pero usaría mis encantos de niña buena como siempre. Además. No había hecho nada malo tampoco. Solo quería estar un rato a solas, como todas las personas adultas de ese castillo, que podían ir a donde ellos querían y cuando querían, sin necesidad de que nadie les acompañara todo el rato, como lapas. En cambio. Como yo era una niña de seis años, pequeña y sin ninguna autoridad, no me estaba permitido salir sola. Era frustrante. Porque además, allí todo era muy aburrido, ya que no habían niños y niñas de mi edad para que me lo pasara bien. Para que me divirtiera un rato con gente de mi edad, cuales gustos eran los mismos que los míos. Jugar y pasárselo bien. No me gustaban esas clases que me impartían cada día para poder ser una señorita educada, una princesa en toda regla. Además, ya era mayorcita. No era un bebé. Y bien podía salir a tomar aire a los jardines. ¿O no? Y tampoco solía armar revuelo. A excepción de ese día, claro.

Sonreí al ver como mis piececitos bailaban al son del aire, ya que música no había. Poco me quedaría para que mis pies pisaran el suelo, cuando volviera a sentarme en aquél banco. Ojala pronto fuera así. Eso querría decir que ya no me hacía falta protección las veinticuatro horas del día. Y también podía ir a visitar a papá más a menudo. Pues sí. Apenas veía al Rey. Y eso que me encantaba su compañía. Era el único hombre en mi vida. Y eso lo sabía. Por eso muchas veces me celaba al verle hablando con otras mujeres que no fueran yo, o mi madre. Aunque formara parte de los negocios o cualquiera otra cosa.

Abrí mucho los ojos al oír el roce de unos zapatos contra el suelo de piedra. Enseguida vi a mi padre enfrente de mí, con pose seria como siempre. Dejé de jugar con mis pies, y enseguida me bajé del banco para hacer una pequeña reverencia digna de una princesita de cuento de hadas. Correspondiendo a su reverencia también. – Padre… - dije dulcemente, maravillándome de tenerlo cerca de nuevo. Lo admiraba. Muchísimo. Y me producía ese efecto siempre. Me asusté al oír sus palabras. Me habían pillado de pleno. Mala señal. Aunque para mi sorpresa se lo había tomado mucho mejor de lo que yo había esperado. – No papá… solo he venido a ver las flores – dije intentando escabullirme de la reprimenda. Sonreí al ver su gesto indicando que me sentara sobre sus rodillas. E hice lo propio.
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Enrique VIII
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MensajeTema: Re: Jugando a desaparecer {Papá / Enrique}   Jue Ago 05, 2010 12:22 am

La primera reacción de María fue bajarse del banco para corresponder a su reverencia con un especial cuidado en su movimientos; se veía adorable. Era una pequeña muy lista y responsable en cuya enseñanza por parte de las damas de la Corte habían tenido una gran transendencia. "Padre…" salió de sus pequeños y redondeados labios con aquella dulce y armoniosa voz que poseía; tanto su rostro y voz angelical la habían convertido sin lugar a dudas en la pequeña consentida de toda la Corte. En el caso de Enrique, el trato que tenía con ella solía ser algo distante y en alguna que otra ocasión muy cortante, como en las últimas semanas. Ya que, a día de hoy, la relación con su esposa Catalina era un completo caos por el enamoramiento obsesivo con la joven Ana Bolena, y prácticamente había prescindido de la relación con su niña por encontrarse ésta –como era habitual– con su madre gran parte del tiempo. Incluso Enrique le había dado vueltas a un tema en concreto: separar a María de su madre para que ésta al fin cediera y aceptara de un modo pacífico el divorcio. Algo que consideraría y que meditaría concienzudamente más tarde.

Pese a desear un hijo varón con una codicia irrefrenable para tener un heredero al trono que fuese su viva imagen, se enorgullecía de su hija María, y la quería como sólo un padre es capaz de llegar a comprender. Puede que el joven rey no diese pie a tal sentimiento en público y que sus muestras de afecto hacia su hija no fueran muy tangibles a simple vista, pero habían pequeños detalles –tanto en la dulzura en la mirada de Enrique o su sonrisa natural e instantánea dedicadas especialmente a su hija– que revelaban la devoción incondicional que sentía por su pequeña princesa. María en esos instantes era su salvación y su condena. En lo que a él respecta, tener a su hija en momentos tan inestables en donde las malas noticias están a la orden del día, le ayudaban a no perder –del todo– la poca paciencia que éste temperamental rey poseía. Sin embargo, su hija también le torturaba hasta lo insaciable; se parecía en tantos aspectos a su madre que el recuerdo de ésta siempre estaba presente, y aquello le enfurecía de sobremanera.


"No papá… solo he venido a ver las flores."

En aquel preciso instante, al rey le fue inevitable sonreír ante la respuesta procedente de su hija. Se quedó en silencio durante unos instantes y, sin la intención de borrar aquella sonrisa que lograba reconfortarle después de pasar por momentos de máxima tensión como hacía minutos atrás, se dedicó a indicarle de nuevo con un movimiento de ojos que se sentara sobre su regazo, a lo que finalmente María cumplió con una de sus tantas tiernas sonrisas. – Flores. –Repitió Enrique, eleveando sutilmente la ceja, mientras la acomodaba sobre su regazo y le peinaba los mechones que se escapaban de sus trenzas. – Vos, hija mía, sois la flor más bella de todo el jardín. –Le acarició con la mano sus tersas mejillas, y le dedicó otra afable sonrisa. – Pero tenéis que prometerme como buena princesa, que os comportaréis y que seguiréis cumpliendo como hasta ahora, con todo aquello que lady Helena y las demás damas os digan que hagáis. Vuestra madre así también lo quiere, ¿comprendéis? –Le preguntó con una prespicaz mirada, y dirigió la mano que se encontraba en sus mejillas hacia la espalda de su niña para dejarla reposar allí unos instantes.

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